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Osmosis

  I Ya el tono putrefacto de sus pieles envolvía cualquier sentido. El límite entre ellos dos y los demás consistía en una absurda jerarquía de poder. Pero precisamente no fue su libre albedrío lo que los mantenía flacos, desnudos y encadenados de las manos en una noche tibia, sino esa cobarde herencia; un típico juego que no se llega a romper a menos que te muerdas tu propia cola, mas el Chino tuvo que esperar a que el Negro casi le arrancara la suya. Mientras el Chino caminaba moribundo y torpe hacia la entrada de la mansión negra, en sus huesos lo sabía, o al menos presentía que el germen hereditario carcomía sus órganos. Y la pulcritud se le reveló en cuanto se detuvo, algo mareado (una cascada de sangre, que se anunciaba desde la frontera del pelo hasta su ojo izquierdo, lo despojaba todavía más de la vista) e incómodo por las pesadas cadenas que le estrangulaban las manos, frente a la puerta y al mismo tiempo frente al Negro. Apenas convergieron sus miradas tercas, furios...

Preguntas

 ¿Bajo qué tipo de faena este latido hará caravanas cuando te encuentre? ¿Cuántas faltas de fonética no cometeré a costa de ti? ¿Hablaré de Borges? ¿Del clima? ¿De las lenguas de fuego que me queman la cicatriz? ¿O me inventaré en silencio un poema con alguno de tus gestos? ¿Intentaré convencerte de que el encuentro es causa directa de la sincronicidad de Jung? ¿Me pedirás ayuda para cargar tu caballete hasta las puertas del alma? ¿Te dormirás en mi pecho cuando el sueño no te alcance? ¿Te gustará mi literatura y me gustarán tus cuadros? ¿Te colgarás de mi cuello cada que me veas llegar?  ¿Fumarás afuera de los museos? ¿Dibujarás mi cara dormida con la inspiración a flor de piel? ¿Ron con vista al vacío o café con vista al pie de Hawking? ¿Saldrás de tu cuerpo para entrar al mío? ¿Besarás mi nuca en nombre de todo el dolor? ¿Me tirarás un beso? ¿Me dirás todo lo que nadie dijo con la boca, el cuerpo y el ser? ¿Me haré el muerto cuando te enojes? ¿Echarás abajo quimeras y pasad...

Ciclos

 Y la vida para qué si se muere en cada esquina. Y la muerte para qué si se vive en cada esquina. 

Legión de luz y sombra

  Toda la familia se encontraba bajo la luna en un aposento bastante grande; rodeábamos una mesa que contenía los más exquisitos manjares que puede proveer la vida, comida totalmente deliciosa, y no me olvido del vino y demás bebidas capaces de adaptar tu personalidad. Yo (su narrador pecador) disfrutaba de todas aquellas entrañas de la mesa mientras charlaba con uno de mis primos (tengo siempre la mala costumbre de comer y hablar al mismo tiempo). Una de las muchas conversaciones nos llevó a manifestar nuestras creencias y concepciones acerca de la religión: en lo personal, mis humildes lectores, les confieso que mi salvador siempre está presente en todas los aspectos que desarrolla mi vida y, mejor aún, lo he soñado tantas veces que no tengo la mínima duda de su absoluta existencia. Pero cada uno de nosotros tiene expresiones distintas, y yo lo respeto, así como respeté los comentarios de mi primo. Muchas discusiones giraron en torno a este tema interminable; era tan delicioso qu...

La jaula

  A Goody El agua de la tina no escurría, pero estaba preparada para que entrara en ella como una sombra corre al paraíso. Mis pensamientos versaban en torno a la soledad: un suicidio, rata in fraganti que deseaba devorar su propia trampa. El frío terrenal calcinaba mis pies. Mi tórax, al descubierto, mudaba de la cálida iluminación a una oscuridad sagrada, y de mi cintura hacia abajo una diminuta toalla, que apenas resistía la gratificación del aire, se meneaba con un vaivén. A punto de entrar a la tina a mitad de la noche, un sonido agudo penetró más mi comodidad que mis oídos; eran mis compañeros que, acompañados de una maestra hermosa, deseaban entrar a la casa. Abrí la puerta, advirtiendo que el tiempo era esencial no sólo para el contrabando de penas, sino para desaparecer, y me refugié de inmediato en algún rincón de la infinita casa para vestirme.   Al hacerlo, mi insospechado perro Goody despertó abruptamente; miré el resplandor de sus ojos todavía somnolientos,...

Apariencias

Me parezco al gato que rosa tus piernas, a la luna de las 5 de la tarde, a las gotas de agua que suavizan tu piel bajo un sol creciente. Me parezco a la enamorada noche de Helena. Pero sólo me parezco, porque en el fondo... roso tus piernas, pero no respondes, y te es indiferente una luna a las 5 de la tarde, y repruebas el principio grácil de la lluvia, y hasta Helena anheló volver a su patria. 

Llamada por cobrar

  Es la misma ventura que sus pasos traslucen bajo las banquetas: por las albas y por las tardes. Pero son esas tardes características del sueño, donde la posibilidad de caer en él es más alta cuando el sol reposa sobre el estómago y es precisamente en una de ellas donde su ventura falsea abruptamente, y no por obra de nuevos baches o porque el de las papas se le cruce. No, en nada de eso consiste su fuga; es más bien un llamado que todo hombre espera desde su nacimiento y que al mismo tiempo pospone con excusas banas; pone a la vida de frente el muy cobarde. Se detiene porque un joven tatuado, a bordo de una bicicleta, se le encara, y el hombre lo acepta con una expresión de satisfacción y una arruga que reclama el retraso. El joven no cesa su cometido y, a diferencia del hombre, es pasivo porque bien conoce que el tiempo cae en los huecos exactos; saca un celular de pésima marca de una de las bolsas de su pantalón y lo extiende hacia el hombre: ̶ Quieren hablar contigo, cabrón....