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El pingüino imaginario y la guacamaya que se llama Chavelita (ejercicio 3)

Bola de Helado se me acercó, y con sus alas resbalosas y frías movió mi cabeza superrapidísimo, como la licuadora de mamá. Yo quería estar más tiempo en el columpio y que me empujara, pero Bola de Helado me molestaba con su pico, y necio y necio con que lo ayudara a buscar a sus bebés. Me llevó adentro de la casa y cuando vio a Chavelita afuera de su jaula chilló muchísimo. Se puso atrás de mí, y me quiso quitar mi chamarra. De repente Chavelita abrió sus alas así, así. Ja, ja, ja. Estuvo chistoso. Chavelita vomitó plumas negras.  

Alguna planta (ejercicio 2)

  ―Hermanito, ¿ya viste? Esa planta lleva años en esta casa sin florecer y mírala: está preciosa. El olor llega hasta la entrada. ¿Cómo es posible eso? ¿Por qué justo hoy tuvo que florecer? ―No llores más, hermana. Entiendo lo que me quieres decir. Precisamente, hoy que falleció nuestro padre se le ocurre a esa planta embellecer la casa.

Sacro factum

En algún otro lejano punto pudo haber estado: pudo encontrarse bajo el plateado cielo del Amazonas, pudo hallarse en las primeras escrituras teológicas. Pero el sello ya había sido tallado esa tarde. Su presencia fue extraña y no existió ningún indicio o profecía que la anunciara. Sin embargo, pese a toda premonición ingerida, el fervor de los astros alcanzó a cubrirla y su paso fertilizó la tierra. Se había visto, por ejemplo, a ascetas, filósofos, sabios, incluso monjes, recorrer la montaña, pero nunca a una deidad, pues así la concebí por una belleza jamás vista sobre el planeta. Su ropaje pasó por inútil, porque los vestigios que abandonaba conforme subía la montaña trasformaban la anomalía. Y yo la miraba escondido tras una gran roca. La tierra empañaba su largo cabello negro y de vez en vez miraba su tiempo pasado como para asegurar el restante. Y yo la seguía mirando; minado por su luz, por la incertidumbre, por su extraño andar. Estaba dominado ya por una influencia abomina...

Su-arte (ejercicio 1)

 Quedó sedada por los cuadros renacentistas. Sus ojos perecieron en la oscuridad de una pintura que le recordó que la vida es breve, que va perdiendo su sazón si se le busca por ángulos obtusos.  Por su espalda le arañó una voz mercantil, que la invitó al museo contemporáneo de la esquina. Pero ella no respondió, quería seguir en ese punto donde todo lo es todo. 

Osmosis

  I Ya el tono putrefacto de sus pieles envolvía cualquier sentido. El límite entre ellos dos y los demás consistía en una absurda jerarquía de poder. Pero precisamente no fue su libre albedrío lo que los mantenía flacos, desnudos y encadenados de las manos en una noche tibia, sino esa cobarde herencia; un típico juego que no se llega a romper a menos que te muerdas tu propia cola, mas el Chino tuvo que esperar a que el Negro casi le arrancara la suya. Mientras el Chino caminaba moribundo y torpe hacia la entrada de la mansión negra, en sus huesos lo sabía, o al menos presentía que el germen hereditario carcomía sus órganos. Y la pulcritud se le reveló en cuanto se detuvo, algo mareado (una cascada de sangre, que se anunciaba desde la frontera del pelo hasta su ojo izquierdo, lo despojaba todavía más de la vista) e incómodo por las pesadas cadenas que le estrangulaban las manos, frente a la puerta y al mismo tiempo frente al Negro. Apenas convergieron sus miradas tercas, furios...

Preguntas

 ¿Bajo qué tipo de faena este latido hará caravanas cuando te encuentre? ¿Cuántas faltas de fonética no cometeré a costa de ti? ¿Hablaré de Borges? ¿Del clima? ¿De las lenguas de fuego que me queman la cicatriz? ¿O me inventaré en silencio un poema con alguno de tus gestos? ¿Intentaré convencerte de que el encuentro es causa directa de la sincronicidad de Jung? ¿Me pedirás ayuda para cargar tu caballete hasta las puertas del alma? ¿Te dormirás en mi pecho cuando el sueño no te alcance? ¿Te gustará mi literatura y me gustarán tus cuadros? ¿Te colgarás de mi cuello cada que me veas llegar?  ¿Fumarás afuera de los museos? ¿Dibujarás mi cara dormida con la inspiración a flor de piel? ¿Ron con vista al vacío o café con vista al pie de Hawking? ¿Saldrás de tu cuerpo para entrar al mío? ¿Besarás mi nuca en nombre de todo el dolor? ¿Me tirarás un beso? ¿Me dirás todo lo que nadie dijo con la boca, el cuerpo y el ser? ¿Me haré el muerto cuando te enojes? ¿Echarás abajo quimeras y pasad...

Ciclos

 Y la vida para qué si se muere en cada esquina. Y la muerte para qué si se vive en cada esquina.